TOP

¿Y te vas a ir sola?

¿Y te vas a ir sola?

Es una de las frases que he escuchado muchas veces de personas que con asombro me preguntan cuando les cuento que próximamente viajaré y mi respuesta muchas veces ha sido un sí, acompañado de mucha calma y tranquilidad. 

No me sorprende que a alguien le asombre que una mujer viaje sola, es más no me sorprende que en estos tiempos que vivimos a alguien le asombre que ya sea un hombre o una mujer viaje sola y eso definitivamente da mucha tristeza. Sin embargo, hoy pienso que no es un tema de género y no me gustaría enfocarme en todo lo malo que vemos en las noticias, sino en aquello muy bueno que resulta siempre de un VIAJE SOLA. 

La primera vez que hice un trip por diferentes países de Europa, no lo hice sola y confieso que tenía tanto miedo de separarme del grupo, a veces quería hacer cosas distintas o visitar lugares en donde mis demás amigas no estaban interesadas y por miedo a perderme no lo hacía, tenía miedo del idioma, del dinero, de la gente, de las ciudades grandes y del bullicio que me recordaba que no estaba en mi zona de confort, entonces esta sensación me paralizaba y me conformaba con lo que había. Aún así, fue un viaje muy bonito, de mucho aprendizaje, muchos choques culturales y muchas luchas internas que me empujaron a mi segundo aire de viajera. 

Después de este viaje vinieron muchos cambios a mi vida y con ello muchas ganas de seguir viajando, así como muchas experiencias que ahora pienso que me “prepararon” para el siguiente paso, aventurarme a un mundo desconocido sola. 

Un día, en el autobús, de regreso a la ciudad en donde estudiaba la Universidad, vi a una chica con su backpack y su morralito a un lado escribiendo en un cuaderno, *años más tarde no sabía que también yo haría a este diario mi aliado de viaje; inspirada veía a la ventana y seguía escribiendo, no sé cuántos pensamientos venían a su mente, qué escribía o qué recordaba, lo que sé es que tenía una cara de felicidad y tranquilidad que cualquiera como yo se hubiera quedado observándola. Así como a ella, que ciertamente no conocí, coincidí con muchas viajeras sonrientes, que cerraban los ojos serenamente al tomar un café en una plaza de Guanajuato, o que caminaban guerreras con sus botas sucias para tomar algún camión local del Sur de México. Estas imágenes sin saberlo en ese momento, inspiraban mi andar y aunque las admiraba por su fortaleza de salir de su país o de su ciudad natal para aventurarse al camino, no sabía que tiempo después me convertiría en esa viajera. 

Y llegó el día de tomar la decisión, preparada no estaba, creo que nunca se está preparada, pero dispuesta sí y mucho, escuchaba muchos comentarios de ¿Es lo que quieres, estás segura, no te da miedo? Son muy machistas, el mundo es muy peligroso, cuídate, y por supuesto el típico ¿Y te vas a ir sola?, pero a ninguno le prestaba tanta importancia, me relajaban las palabras de mi familia sobre lo bien que me iba a ir y todo lo hermoso que aprendería en esta nueva etapa y así me fui a Asía. Viví 6 meses en una ciudad del norte de India, a la que por supuesto no negaré me costó mucho adaptarme, al clima, a la comida, a la gente, al idioma, al humor, a los olores, a la contaminación, entre muchas otras cosas, y a la que cuando me fui de ella le lloré, le sonreí y le agradecí tanto por todo lo que dio y me permitió vivir en ella. 

Durante estos meses experimenté una y mil cosas, miedo sí, felicidad también, determinación, independencia, pero sobre todo mucho agradecimiento; viajaba cuánto podía, a veces sola y muchas veces acompañada, probaba de todo aunque me diera “cosita”, hablaba con la gente sin conocerla, tomaba fotografías y me asombraba por pequeños detalles que a los locales les parecían normales. 

Después la vida me llevó a moverme más y comencé un viaje en tren por el Centro y Sur de India por casi 2 meses, que terminó en un voluntariado en Camboya y en Tailandia por 2 meses más, viví de todo, había etapas en las que me encontraba con comunidades de viajeros muy bonitas, en las que compartíamos todo y sentíamos tanta hermandad que costaba no vivir abrazado y agradeciéndole al otro. Había otras veces en donde tocaba estar sola, que no había tanta afinidad con algunos viajeros o que no había ganas de hacerlo y esos eran momentos de mayor introspección, de observación y acogimiento. 

Hoy puedo decir que cada viaje tiene su magia, viajar con amigos o con tu familia es divertido y sólo así los conoces realmente, pero viajar sola es mágico, es como permitirte decir no a todo lo que la sociedad te impone, es ir más allá de nuestras limitaciones mentales, emocionales, incluso físicas, es conocerte y experimentarte en una y mil facetas que seguramente antes no conocías. 

Admiro mucho a todas aquellas mujeres que se aventuran a un mundo solas, no sólo externo sino también interno y agradezco a todas aquellas que han inspirado de alguna manera mi vida, para que haya tomado la decisión de hacerlo también. Admiro a quienes hablan con extraños, a quienes confían, a quienes prueban, a quienes se comunican de la forma que sea, toman fotografías y dicen lo que sienten, admiro la transparencia que una viajera puede tener y que se nota a cientos de kilómetros. 

Hoy sé que cada día más mujeres hacen ese viaje sola y no se esperan a que su novio, o su amiga o su amigo quieran acompañarlas y eso es de aplaudirse, porque dar ese paso y salirse de esa zona de confort en definitiva no es fácil, pero al final es tan gratificante que lo terminarás volviendo a hacer, una y otra vez. 

Más de la autora

Post a Comment