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Todos tenemos que llegar

H ace no mucho leí un tuit hermoso, uno que decía así: “quince años de mi vida llegaba a la escuela caminando, eso era la felicidad y no lo sabía”.

La realidad tiene muchas caras. Confirmo. Tiene una cara un poco más breve cuando la veo por el parabrisas. Soy más veloz que ella en ese momento. Paso deprisa, me detengo solo por una luz roja, todo lo veo desde mi asiento. Traigo la música, traigo el motor. Tengo el volante, tengo el aire acondicionado. Se ve bien; la realidad desde mi auto es clara y quieta. Yo soy el que va delante de ella.

Desde mi autobús la realidad se vive más lenta, estoy en ella. Hay una señora talla extra que no me deja mucho espacio a la izquierda y a mi derecha va un señor que trae una cara de cansado que me contagia. Los tres vamos agarrados del mismo tubo con las manos hacia arriba. Yo, además tomo uno de los mangos que tiene el asiento que me queda en medio del estómago, lo tomo con cuidado para no jalar los cabellos de la chica que va sentada viendo Netflix en su celular. Mi parada está cerca; por menos de lo que cuesta un litro de gasolina voy y vengo a casa. ¡Bajaaaaaaan!

Conozco otra realidad, la que está mi altura y que dictan mis pasos. Hace no mucho repasé un libro hermoso, uno que decía así: “caminar es leer la ciudad con los pies”. Esta realidad es más amplia, más propia. Yo le doy play; no hay empujones involuntarios, marquesinas de ventana o parabrisas a través de los que mis ojos descifran una imagen. El soundtrack puede ser lo que mis audífonos digan o el ruido externo. Ya que no voy sobre un motor, si no que yo soy el motor, los sonidos son más nítidos. Esta es la realidad más lenta.

¿Qué cuál es la realidad más fidedigna? Ninguna, aquí mencioné solo tres, hay más y todas son la misma vista desde órbitas diferentes.

¿Qué cuál es la mejor? Me gustaría decir que todas son iguales pero estaría blasfemando. La mejor es la que menos lastime a su casa y mi casa, el planeta Tierra, que le dicen.

Sí, ninguna es óptima: no todos tenemos veredas seguras para caminar, no todos vivimos conectados por una línea de metro, no todos tenemos auto.

A muchos les da miedo/repele el transporte público. A muchos les sería fatal caminar porque el sol les causaría una insolación tremenda. A muchos les es imposible llegar a su destino sin un coche.

Hace no mucho me contaron una anécdota hermosa; una señora me decía que su hija de doce años pidió por su cumpleaños “subirse a la oruga” porque nunca la había usado y quería saber pa’que sirve, que se siente.

¿Qué vamos a hacer entonces? No tener miedo de variarle: movernos diferente de vez en cuando. Exigirnos a nosotros y exigir más a nuestro gobierno porque sabemos qué estamos usando y cómo nos movemos.

Vamos a ser ciudadanos conscientes de que todos tenemos que llegar.

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