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“También existimos” Entrevista a Ana Rosa Sebastián

M i nombre es Ana Rosa Sebastián Martínez y antes que nada soy mamá. Trabajo en la escuela que se llama Nenemi en el Centro de Desarrollo Indígena Loyola y ahí colaboro como intendente pero también como maestra de biblioteca. 

¿Qué haces en la biblioteca?

Para mí es algo padrísimo lo que hago porque estoy fortaleciendo la lectura y la escritura que es en donde nos hacía más falta con los niños y también tenemos taller de lengua y cultura y ahí doy clases en donde hacemos lectura y escritura en purépecha que es lo que me toca a mí por ser mi lengua materna y me gusta mucho porque he visto que los niños han avanzado, porque antes se les dificultaba mucho leer cuentos en purépecha pero ya van muy bien, leen mejor. 

¿Cómo mamá en qué consiste tu trabajo?

Uy, creo que ahí nunca voy a terminar (risas). Como mamá digo que es y que va a seguir siendo un reto. Cuando llegué aquí (a León) pues yo no sabía hablar español y una de las cosas que tuve que hacer fue aprender a hablar español pero por tantas cosas que viví en la ciudad decidí que mis hijos no volvieran a hablar en purépecha pero me di cuenta que estaba muy equivocada y ahora le digo a mis hijos yo no entiendo español, aquí si quieren algo pues díganlo en purépecha y a veces le da risa a mi esposo porque como que sí les cuesta muchísimo decir o expresar algo pero lo intentan y eso es lo más valioso, que ellos se están esforzando en hablar en purépecha. A veces a mí se me olvida y les digo en español y me dicen: “¿No qué no entiendes?” (risas) y pues ya les digo: “Ay, sí, perdón me equivoqué”.

¿Y por qué cuando llegaste a León decidiste no enseñarles el purépecha?

Había decidido no enseñarles purépecha porque es muy difícil cuando sales a una ciudad, es otro mundo y no puedes tener diálogo con una persona o no puedes decir lo que quieres y dije pues mejor que ellos no sufran eso. Aparte sí pasé discriminaciones, así de muchas cosas y yo lloraba y decía: “no, ya no quiero estar aquí”. Entonces les decía yo no entiendo purépecha, yo hablo español. Ahorita que estoy cambiando, pienso, pues que tonta fui al querer eso. Hubo un señor en donde llegamos primero a rentar, un viejito, que me decía: “Supérate, habla, yo te voy a enseñar pero sobretodo los libros van a ser tus maestros. Tu esposo tiene libros o ponte a leer el periódico” Y así fue como me enseñé a hablar español. Ahora todavía se me hacen difícil algunas palabras pero ahí voy.

¿Das clases de purépecha?

Sí, en la escuela pero fuera de la escuela no.

Estaría bien que dieras también fuera de la escuela. Digo, está bien que hables español pero porque nosotros no reflexionamos que también deberíamos de hablar purépecha para poder hablar contigo. 

Estaría padre.

Me gustaría que nos platicaras como te involucraste en la defensa de los derechos de las mujeres.

Fue hace seis años que como toda mujer de pueblo desgraciadamente fuimos criadas para ser amas de casa o esposas de un hombre. 

No solo en el pueblo, eh. Aquí también.

Sí, he encontrado gente que me dice eso: “pues no solo ustedes” y yo me sorprendo pues no lo sabía. Pero sí, allá en el pueblo fuimos educadas desde muy pequeñas así  de: “ustedes van a ser amas de casa y esposas y nada más pueden hacer eso”. Nada más terminaban secundaria y ya no seguían estudiando pero ya ahorita en la actualidad estudian más y yo fui una de las personas que criaron como de antes, nada más para ser esposa o mamá. Yo me imaginaba que así debía de ser porque peleaban todo el tiempo porque a sus tíos de mi esposo, vecinos… pues yo decía, pues es normal que me peguen que me regañen, que me insulten, o sea, tantas cosas que existen yo los normalicé y así es así debe de ser porque soy mujer y pues sí “ahorita entiendo a mi esposo de que tu eres el hombre de la casa, el que lleva el dinero y esto y el otro y el que pega”. Y me pasaron cosas así de que sí me pegaba y pues yo normal no decía nada. Hasta que cuando me vine a la ciudad, él llegó borracho, me pegó, y pues yo normal, pues como siempre, y un día le platiqué a la trabajadora social del Centro Indígena lo que había pasado y que no me sentía bien ni a gusto de que él hiciera eso conmigo, le dije: “¿Qué se puede hacer? o ¿cómo enfrento esto? porque no me gusta que él me maltrate”. 

Desde esa vez ella organizó un taller para mujeres y nos hablaron de género, el rol de las mujeres, de los hombres, así de que cosas sí y que cosas no deberían de ser y ya la señora que nos dio la plática creo que uso las palabras que fueran muy nuestras, nada de palabras difíciles que no pudiéramos entender. Ahí fue donde fui abriendo los ojos, me quité las vendas y dije pues no, eso no está bien, yo lo presentía. Sí me costó mucho trabajo porque platicaba con mi esposo y yo le decía: “Tú también ayúdame, sí es cierto que tú eres el hombre, que traes el dinero pero también ayúdame con los niños que no nada más son mis hijos”. Sí fue muy difícil porque él tampoco entendía y pues sí hubo roces porque él tenía miedo de decir porque me quiere mandar ella o me quiere quitar del trono en donde estaba él. Fue así como decidí de no más violencia contra las mujeres. 

Entonces convocamos a otro taller pero ese lo hicimos en Guerrero y fuimos con otras mujeres de aquí y fuimos a allá y fue una experiencia padrísima en donde las señoras nos preguntaron si ya lo habíamos superado, como que fue un lazo de “somos iguales pero ustedes ya salieron de ahí”. Nos buscaron en las tardes y contando sus cosas, de una opinión y nosotras felices porque podíamos ayudarles y fue muy padre. Así fui mejorando y después me inscribí a un diplomado en donde fue de mujeres, niños y adolescentes y eso también me ayudó muchísimo así de que pues sí es cierto, los niños también y así es como fuí caminando y ahorita ya no permito violencia ni discriminaciones, o sea, ya en las calles no así agresivamente sino hablando bien con la gente. Entonces pues me da mucho gusto a mí porque cuando me regreso al pueblo nos ponemos a platicar con mis hermanas y les cuento: “Fuí allá y me platicaron esto y esto, y que esto no está bien y esto así y nuestros derechos son estos y han ido mucha gente, mis vecinas, mis tías y casi casi como psicóloga me cuenta que pasó esto y yo ya platico con ellas. Acá en la escuela, de hecho las niñas me aman, me abrazan a cada rato y han ido niñas y niños que me dicen que tienen algunos problemas, me tienen confianza y por esa razón me asignaron tutora de secundaria. 

Y hablando de jóvenes como ves el futuro de las muchachas. ¿Pueden tener una juventud distinta a la que tú tuviste?

Yo creo que demasiado. Sí, he conocido niñas que nada que se dejan con los muchachos y digo wow, está padre. Pero sí se han concientizado mucho las niñas, saben lo que está mal y lo que no quieren permitir. Pero yo no les digo lo que yo pienso sino que trato de que ellos saquen sus propias conclusiones y ya si está mal y así muy padre. 

Oye, y qué sentiste cuando te dieron el premio de derechos humanos aquí en León

Aquí tengo el premio y está pesadísimo (risas). No pues padre, fue mi primer premio, no me lo puedo acabar. Fue en un salón muy elegante, bonito y al principio me daba pena porque me decían que iban a estar señoras elegantes pero que también habría señoras como nosotros y yo: “¿Pues que traje me compro, qué vestido para nivelar? y  ya pensé pues me voy con mi traje, eso es lo mío y a eso nadie le va a ganar aunque estén vestidas de algo carísimo. Llegué al lugar y estaba repleto de mujeres, así muy finas, y como yo llegué con mi traje pues llamé mucho la atención y todos los periodistas de “Ven, te vamos a tomar una foto” y casi no estuve sentada en la mesa (risas).

¿Y qué te preguntaban?

Que de donde era, que como me sentía y así muchas cosas y sí, yo también estaba muy feliz y emocionada y pues compartiendo platicando con muchas señoras. Me llevé una foto y le enseñé a mi papá.

¿Qué es lo que implica para ti ser mujer?

La primera que siempre digo es que me siento muy orgullosa de mis raíces. Ese es mi origen y es lo que más me apasiona, mis bordados… A veces sí he llegado al punto de: “Ay, ya no quiero usar estas cosas” o “voy a tirarlas”. Como que ya quiero mucho de ciudad, pero que tonta porque esto es lo mío y a quien le guste pues está bien y a los que no también. Y sí, me siento muy orgullosa de ser mujer, de ser de una comunidad indígena, de ser mamá y de poder ayudar a otras personas.

¿Y a qué mujer admiras?

Ahorita que la trabajadora social del Centro Indígena se va pues las lágrimas sí me vienen porque son las primeras mujeres que conocí, las que me ayudaron a salir de donde estaba, que me impulsaron y que me guiaron y eso nunca lo voy a olvidar. A todas las mujeres que trabajan y he conocido en la escuela, que me han dicho que yo puedo y que me motivan mucho. A esas mujeres. Ahorita que ganó Yalitza y digo: “Wow, yo muy pronto voy a estar ahí” (risas) así, exagerando, ¿verdad? Les dije a las niñas: “Miren, miren, yo voy a estar ahí” y pues les digo: “Se vale soñar”.

¿Y qué sentiste de ver a Yalitza en tantas revistas y en los Óscares? Pues en todos lados, ¿no?

Muy padre. De hecho no me perdía nada de lo que hacía ella y pienso que está padre. Y también premio al director, también premio a ese señor porque está bien que nos volteen a ver, que también existimos, porque hay gente que no nos voltean a ver y así como que nunca existimos, y digo, pues fuimos los primeros, aquí seguimos.

Y ya para terminar, ¿cómo te gustaría que fuera el futuro para tus hijas?

Pues me gustaría que hubiera más posibilidades de superarse que así como en la escuela que ya no terminen primaria y se casen luego, luego sino otro escalón, la secundaria, y una escalera para seguir. A mí me gustaría que se siguieran preparando. Que nunca se dejaran los valores, eso es lo fundamental de todo.

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