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La titánica evolución de nuestro consumo musical

Este artículo es patrocinado por Disonantes, personalidades discrepantes e inconformes unidos por el gusto a la buena música. Orgullosamente promueven temas de cultura musical. 

Cambiar. La usurpación de las costumbres, de un día para otro sin avisos oficiales dejamos de ir al Blockbuster, se nos olvidó que para pedir comida a domicilio había que buscar en un gigante libro de hojas delgadas y amarillas, de repente convertimos nuestros teléfonos en todo, menos en teléfonos. Así con esa apabullante inmediatez, con esa imperceptible invasión a lo común también transformamos nuestros arraigados hábitos de consumo y descubrimiento musicales. 

Saltemos la historia de la música y su llegada a la comercialización masiva. Volquemos la memoria a algo mucho más reciente, nuestra infancia, ese primer recuerdo musical. Ya fuera por el eco de mi padre escuchando The Beatles, Bee Gees o Creedence o a mi abuela y su fiel “LG la grande” donde los Teen Tops se turnaban entre el “Amanecer Campirano” y la frescura del primerísimo rock nacional; en fin, el primer acercamiento musical que tuvimos fue por casualidad o consecuencia de un contexto familiar y así continuó nuestro enriquecimiento musical hasta que llegaron los amigos, los amigos de los amigos, los hermanos de los amigos, los profesores, los vecinos, los primos, quienes convirtieron nuestras limitadas referencias culturales en una catálogo inmenso. Luego, con MTV, el radio y el intercambio de CD’s, cassettes y para los más otoñales, vinilos, las opciones se multiplicaron casi al infinito. Eso pensábamos cuando ingenuos y pequeños éramos. 

Nuestras maneras de encontrar, disfrutar y compartir música eran primitivas y homogéneas, había que ser un aventurero melómano y tener acceso a fuentes underground, extranjeras y eruditas para poder topar bandas y escenas alejadas del conocimiento colectivo. Digamos que de alguna manera u otra, hace 20 años todos escuchábamos lo mismo.

Como todo, la llegada del internet, la masificación y el aceleramiento de la información cambio radicalmente a la música como producto. Primero Ares y similares, el dios de la guerra nos enseñó un mundo de canciones, bandas y virus a montón. Para muchos fue nuestro primer roce con el autodescubrimiento digital, ahí buscando el último disco de Limp Biskit también nos topamos con otras bandas y rolitas que nadie nos había recomendado, la primera vez que tomamos el riesgo de que nuestro criterio nos dijera por donde.

Con YouTube, el ejercicio se volvió normal, cotidiano. La transmisión de contenido musical llegó al streaming, sí, Spotify y compañía hoy son el lugar común, obvio y necesario para escuchar y descubrir música.

Para un artista independiente llegar a ser escuchado fuera de su país, o incluso fuera de su ciudad era una tarea titánica, impensable. Talento, imagen y fortuna habrían de confabularse para lograr llegar a otros oídos.

Hoy esa barrera se derrumbó. Basta el conocimiento de las herramientas, tan simples como diversas, para posicionar la música en cualquier rincón del mundo. Esta misma evolución tecnológica se traspasó a los formatos y métodos de grabación y producción fenómeno que hizo que tener material de calidad profesional para compartir y hasta vender también sea más fácil.

Entre más opciones nuestra capacidad de enfoque y de criterio, se ha visto disminuida, y es que pónganse a pensar, ¿hace cuánto que no escuchan un disco completo? Ya no le damos la importancia al álbum y su concepto, sus matices; los sencillos han inundado la red y es que es más fácil reproducir las canciones “más destacadas” de un artista en Spotify que elegir un disco completo.

Por otro lado, los músicos han encontrado una nivel de competencia abismal, miles y miles de jóvenes creando, proponiendo, innovando. Desde su casa, con su equipo, con sus medios.

Como resultado a todos estos fenómenos y circunstancias, nuestros métodos de consumo han cambiado radicalmente, nuestros paradigmas han evolucionado ya no digo de nuestros padres a nosotros, sino de nosotros mismos, jóvenes, adolescentes, a nosotros adultos.

Hoy Spotify y YouTube libran una batalla interna, entre algoritmos y publicidad dónde nos muestran lo que nos gusta y al unísono nos embarran de lo que “debería” gustarnos.

Por otro lado las bandas ante la facilidad de crear, en muchos casos le han restado valor a la composición, ya no permiten que el tiempo convierta experiencias y talento en inspiración. Mass production, crear, crear, crear, competir, innovar, competir, una guerra de arte, de talento, que no es que sea mala, es diferente, es evolución.

El cambio es necesario, vital, en el arte no es la excepción, tampoco en el consumo. No es que sea mejor o peor la manera en que consumimos música, solo es diferente, abismalmente diferente. Seguramente algún listillo encontrará un nuevo canal muy pronto y lo que hoy es normal se volverá anticuado y lo novedoso será común.

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