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El gran amor que nos cambia la vida

C

uando febrero está por llegar todos hablan de amor y romanticismo, las paredes se visten de corazones y la mercadotecnia  hace de las suyas, nos pintan el amor de rosa y nos ilusionan con cuentos del príncipe que nos cambiará la vida.

Hoy escribiré de un amor diferente, que no es un príncipe/princesa pero que en efecto te cambia la vida. 

Mi vida antes era un poco “loca”, fiestas por aquí, más fiestas por allá, en fin, mi pequeño mundo se reducía a cuándo iba a ser la siguiente fiesta, hasta que llegó ese “amor” que me salvó la vida, y ¿saben cuál fue? mi primer viaje sola. Este momento fue crucial, poco a poco se manifestaban las ganas de conocer nuevos lugares y personas, quería un cambio, pero no sabía como generarlo y esta oportunidad me sacó totalmente de donde estaba y me llevó a descubrir una mejor versión de mí. 

Tenía tanta ilusión de conocer este nuevo destino y a la vez tanta incertidumbre por hacerlo, sabía que venían cosas maravillosas y retos grandes en ese primer viaje sola, lejos de mi familia y amigos, y estaba tan dispuesta a vivirlo que contaba los días para cuando llegara el tiempo de partir. En este viaje fue cuando conocí por primera vez este amor del que hoy escribo y cuando experimenté por primera vez la ilusión de hacer un viaje que ahora cada vez que lo siento, con certeza sé que de alguna manera transformará mi vida. 

¿Y cómo es la ilusión de viajar y conocer un lugar totalmente nuevo? Así como cualquier amor del bueno, es una montaña rusa, un vaivén de sensaciones que comienzan con mucha incertidumbre, con esperanza de que todo salga como uno lo planea, sin embargo con seguridad de que no será así y que, aun así, sin importar eso y nada más queremos vivirlo. 

Después de regresar de este gran viaje, despertó en mí la necesidad de seguir y comencé a hacer viajes más frecuentes y prolongados por México. En una de estas mágicas experiencias, fue cuando conocí a una amiga suiza: Nadine; otra amiga mexicana y yo coincidimos con ella en el comienzo de su viaje por México en una hermosa isla de Quintana Roo, llamada Holbox, hicimos un click súper bonito con ella desde que cruzamos palabra, mientras caminábamos descalzas en las pequeñitas calles inundadas y lodosas de la isla. Ilusionada nos contó que venía a México por algunos meses y que uno de sus siguientes destinos era San Cristóbal de las Casas, Chiapas, en donde haría un voluntariado con niños pequeños de una casa hogar de la zona. En ese momento no estaba en mi vocabulario lo que era hacer un voluntariado, no sabía ni siquiera que eso se podía hacer viajando, pero estoy segura que mi alma lo tomó y lo guardó para hacerlo latente en los próximos años. Nadine y yo seguimos en contacto, mensajeándonos por whatsapp, ella contándome sus historias locas en San Cris y yo contándole sobre mis clases de meditación y los planes de viaje para los siguientes meses; un día cuando su ciclo en Chiapas habías terminado, decidimos reunirnos con ella en el centro del país y ahora sí platicamos largo y tendido de toda su experiencia en nuestro bello México.

Entre nuestras múltiples y largas pláticas que se tornaban siempre en bonitas reflexiones y risas estruendosas, algo me hizo como corto circuito en la cabeza, algo que quedó profundamente marcado en mí, ella me contaba sobre su voluntariado en la casa hogar, en donde principalmente ayudaba a cuidar a los pequeños, a jugar con ellos, enseñarles un poquito de todo y limpiarles la colis cuando iban al baño, entonces me contaba con su acento suizo y de forma muy peculiar “y me gritaban ya acabeeeeee, yo iba y les limpiaba y después jugábamos hasta la hora del descanso” y así por unos meses, me contó lo bonita y armoniosa que era su casa, las reuniones comunitarias y artísticas que se hacían en ella, lo enamorada que estaba de un chico, lo básico que vivían, las veces que tristemente le habían timado y aun así la felicidad que le producía pensar en San Cris. Para mí escucharla fue como un ¡despierta! y pensé, qué viene a hacer esta chica desde Suiza a México, con una vida bastante cómoda, un trabajo estable y una familia esperándola, a limpiar niños desconocidos y caminar en las calles de una ciudad pequeña en los altos de Chiapas, pues en efecto viene a que el viaje le cambie la vida. Y ahí supe que algún día yo quería hacer eso, en mi país y en cualquier otro e inspirada más tarde tuve en claro cómo quería que fuera mi próximo destino.

Tal vez ella nunca supo esto, no sé si se lo conté, pero estoy segura que sabe lo importante e inspiradoras que eran sus pláticas. Meses más tarde surgió la oportunidad de irme a India, que conjugaba la meditación que venía practicando meses atrás con ahora estas palabras que ya estaban en mi vocabulario y en mi mente, así como muchas nuevas ideas de cómo viajar diferente y esa ilusión de experimentar una nueva faceta de mi vida de viajera.

Aquí es en donde me di cuenta que viajar es amor, amor en toda la expresión de la palabra, porque el amor es confianza, es esperanza sin expectativas, es convicción de saber que habrá momentos duros, que no siempre será bonito o que a veces incluso sabrá mal o dolerá un poco y aún así te avientas, es gratitud por todo lo que hay y lo que no, es amigos y amores que se quedan en lo profundo.

La ilusión de viajar es como la ilusión de cualquier cosa que sabemos nos hará bien, que de alguna manera nos transformará y nos dará algunas lecciones, que nos ayudará a ver el mundo con otros ojos, a conocernos a nosotros mismos y a conocer a otros viajeros de quienes nos enamorarán sus historias y por qué no, de quien nos enamoraremos algún día, y aunque yo todavía no vivo este otro amor, soy feliz con el del viaje.

Ahora con Connecta Viajeros buscamos inspirar, así como yo infinidad de veces lo he sido, inspirarnos por seres, experiencias, lugares, olores, sabores que te dejan marcado para siempre y que, por supuesto valen la pena, como cualquier gran amor que llega para cambiarnos la vida.

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