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Danza, Paisaje, México

NO HACEMOS LA DANZA, LA DANZA NOS HACE

S 

e cree en términos generales que la danza es meramente sacrificio, disciplina y cansancio… y permíteme confesarte que justamente eso es; puro desgaste mental y físico.

La tragedia comienza desde el momento en dejas de ir a clases de danza por capricho de tu mamá, (o en mi caso, cuando deja de ser el “método” para cansar a la criatura hiperactiva) y se despierta en ti un interés genuino en esta disciplina. Es el inicio de un compromiso inquebrantable para aquel que irremediablemente se conectó con la danza.

Surge entonces la constante inconformidad con tu cuerpo. Deseas más que a un regalo de navidad, poder tener el físico y la gracia ciertos bailarines, tú sin saber que a tu cuerpo todavía le faltan años para definirse. Te acompaña el miedo constante a subir de peso, que en un inicio es simplemente el “miedo a que el cuerpo pierda habilidad” pero se convertirá silenciosamente en un trastorno estético. Recuerdas la vez que dejaste de apreciar la ejecución de tu compañera, distraída por la imagen de su vestuario ajustado, asemejándolo cruelmente con las muñecas de los bebés.

Sigue después la incongruencia constante del contradecir el amor que le tienes a tu cuerpo con dietas y cuidados, exigiéndole hasta lo imposible en cada ensayo, algo que incluso se vuelve inhumano y lo compruebas al finalizar la clase con la factura cobrada debajo de tus zapatillas. En tus pies rojos, oprimidos y asfixiados; la matanza de Tlatelolco.

 

Danza, Paisaje, México

Ni hablar del tema económico. Tus amigas comunes discuten el comprar unos zapatos de marca, cuestionando el provecho que les puedan sacar, mientras tú piensas en las mejores zapatillas de punta (que cuestan lo mismo que su necedad), que estarán en unos meses en la basura o bien, forradas con todo tipo de cintas para aguantar un ensayo más. “Cómpralos”, les dices.

Y la peor tortura es la mental; una lucha constante por no perder el autoestima cuando te sientes menos valiosa porque te toca bailar en la “fila de atrás”. 

Pero hasta no vivirlo en carne propia, no podrás siquiera concebir la otra cara de la moneda; la parte satisfactoria, placentera y gratificante que sólo entienden tus compañeros de ensayo, tu maestro y tú.

 

Danza, Paisaje, México

Porque es entonces cuando entiendes que bailar atrás no es malo, por el contrario es la mejor manera de aprender que “el lugar no se pide, se gana”. Porque comprendes que algo tan simple y material como tus vestuarios no son “disfraces”; son nada más ni nada menos que tus trofeos. Porque diferencías el valor útil de los objetos, cuando olvidas la cinta micropore y lo asemejas con haber olvidado algo tan vital como tu termo de agua.

Porque asimilas que el tiempo es relativo, cuando ensayas tantas horas, varias veces al día, para una hora de función que en escasas ocasiones se repetirá.

Porque aprendes que llegar a ensayo 5 minutos antes es estar a tiempo, llegar a la hora acordada son ya 5 minutos de retraso, y si llegas 5 minutos tarde, es mejor no pasar. Porque sabes bien que una lesión no duele sólo físicamente, duele en el alma e incluso peor que un corazón roto, pues haz comprobado la impotencia de quedar fuera de la función sin siquiera poder apelar justicia. Porque entiendes que la manera sencilla de resumir lo anterior para cualquier persona es decir; “no puedo, tengo ensayo”.

Pero si decides intentarlo, más allá de ese reconocimiento externo en forma de aplausos, entenderás que para un bailarín el mayor el reconocimiento es interno, cuando concibes que no bailas para que los demás te miren, sino que bailas para ti. 

Cuando te sabes y te sientes conectado con la música y te vuelves música en movimiento.

Y entiendes que tu no haces danza, la danza te hace a ti.

 

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